
Cierta vez un famoso bailarín improvisó algunos movimientos instintivos, pero extremadamente sofisticados gracias a su virtuosismo y, por eso mismo, lindísimos. Ese lenguaje corporal no era propiamente un ballet, pero sin duda había sido inspirado en la danza.
La belleza de la técnica emocionaba a cuantos asistían a su expresividad y la gente le pedía al bailarín que les enseñase ese arte. El así los hizo. Al comienzo el método no tenía nombre. Era algo espontáneo, que venía de adentro, y solo encontraba eco en el corazón de aquellos que también habían nacido con el galardón de la sensibilidad mas refinada.
Los años fueron pasando y el gran bailarín consiguió transmitir buena parte de su conocimiento a sus alumnos. Hasta que un día, mucho tiempo después, el Maestro pasó a los planos invisibles. Su arte, sin embargo, no murió. Los discípulos más leales lo preservaron intacto y asumieron la misión de retransmitirlo.
En algún momento de la Historia ese arte tomó el nombre de integridad, integración, unión: en sánscrito, Yôga! Su fundador ingresó en la mitología con el nombre de Shiva y con el título de Natarája, rey de los bailarines.
(Texto extraido del libro: "Yôga Avanzado" - Maestro DeRose)
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